En países como China (donde se encuentra el mayor número de bicicletas en el mundo), India y la mayoría de países europeos, se ha convertido en el principal medio de transporte, articulándola con sus sistemas de transporte masivo. Incluso, en algunos de estos países, se ha legislado sobre su uso por la necesidad de reducir las emisiones de Co2 y estimular a la gente a mantener una vida saludable y activa.
En Colombia, ya se intenta concebir la bicicleta como un medio integral de transporte, mediante un acuerdo firmado por el consejo de Bogotá que empieza a dar luces sobre el uso articulado de este vehículo con el sistema integral de transporte de esa ciudad. No obstante La profesora Beatriz Martínez, miembro del programa académico de Movilidad y Transporte del Instituto de Estudios Ambientales (Idea), de la Universidad Nacional (UN) en Bogotá, sostiene que "Esto debe ir mucho más allá de disponer de miles de bicicletas, debe haber toda una pedagogía al respecto y, sobre todo, una política alrededor del uso de la bicicleta".
Muy bien por la capital del país que ha sido promotora de una cultura de la ciclorrutas, modelo para varios países de América Latina y el mundo.
En ese sentido Cartagena es un dinosaurio, pues en la intervención realizada a la escuálida avenida principal de la ciudad (avenida Pedro de Heredia) para adecuarla al nuevo Sistema de Transporte Masivo Transcaribe, no se pensó en los ciclistas, que no son pocos en la ciudad. Ahora que los buses empiecen a andar (si es que lo alcanzo a ver) los ciclistas de Cartagena, que en su mayoría son de clase media y trabajadora, tendrán que vérselas con los monstruos articulados para poder circular.
Es bien sabido que las condiciones de las vías en Cartagena son pésimas, que ni siquiera los carros aguantan el trote, que el calor es infernal a medio día, que la humedad agobia hasta los deportistas de alto rendimiento; sin embargo, muchos cartageneros asisten al trabajo, a la universidad, a la playa, biblioteca o al parque (¿cuáles?) en una bicicleta, y créanme que no en todos los casos lo hacen por mero gusto. La economía de muchas familias en esta maltrecha ciudad se mantiene a punta de agua panela y arroz al puente, y eso lo sabemos todos.
Sin duda, mi intención no es exigir ciclorrutas, ¿para qué? Para darles más excusas para el retraso. No. Pero sí intentar promover una cultura ciclística, de movilidad sana y eficiente.
Por ejemplo. Hace tres días se perdió una bicicleta en la Universidad de Cartagena, en la sede del centro, y cuando entraba con la mía, el vigilante sin inmutarse me dijo “no respondemos por bicicletas, deberían prohibir que vinieran en eso”. Seguramente no sabe que en París existen un sistema de alquiler de bicicletas, llamado “Velib” a los cuales se puede llegar, tomar una y viajar hasta la estación más cercana al lugar de destino y continuar con la vida, por 1.70 euros por día. Pero eso tampoco pido para Cartagena.
Por ahora podemos estimular un uso mas generalizado de la bicicleta en Cartagena, que por antonomasia promueva la necesidad que generar espacios propicios para la circulación de estos vehículos y lugares seguros para parquear. Montar bicicleta brinda una nueva visión de ciudad, la velocidad reducida al viajar, la sensación de tranquilidad y el redescubrimiento de la ciudad al transitarla por lugares o senderos que no cubre el transporte tradicional, son las mayores fortalezas para Cartagena en si. Una transformación de la concepción de ciudad desde la ciudadanía aportará nuevos elementos para el desarrollo sostenible y armónico de nuestra ciudad con el entorno (ya vulnerable) que nos rodea.
El fundador de la empresa Fisher Bicycles Riding, Gary Fisher, nos dice que “para que el ciclismo urbano triunfe hace falta una revolución en la infraestructura de nuestra sociedad. Ahora mismo un ciclista urbano debe actuar como un guerrero vial, y la bicicleta tiene que ser barata y fea para que no la roben. Eso no es una cultura favorable a las bicicletas”. Revolución que tardará años en darse en Cartagena, por las condiciones históricas propias de la ciudad, que la obligaron a crecer sin ningún criterio de planeación y que siempre ha privilegiado el beneficio de unos pocos por encima del interés colectivo.
Como es el caso que denuncian comerciantes y residentes colindantes del actual puente de Bazurto, quienes se muestran preocupados por la solicitud hecha por parte de la Asociación de Víveres y Abarrotes (Acoviva) a Transcaribe para revisar la demolición del puente, por los posibles traumatismos que causará en la (in) movilidad de la ciudad. Estos comerciantes y residentes denuncian que no fueron convocados a la mesa de concertación que trataría este tema y que ésta petición esconde intereses de algunos comerciantes que se verían afectados en su ubicación con el reemplazo del puente por una glorieta.
En cualquier caso, el trabajador, el estudiante, el repartidor de periódicos y el ciclista cartagenero en general continuarán desafiando a diario al caótico tráfico de la ciudad para llegar a su destino, pero también lo harán porque creen que es saludable, que es honesto con el planeta, y que es económico. Por eso digo ¿Damos un paseo?